Ajahn Chah – Viendo las cosas como son

ajahn-chah-2-webDel libro :“TODO LLEGA, TODO PASA” de Ajahn Chah, Ediciones Paidós Iberica, P. 43 a 50.

El Buda nos enseñó a observar todo cuanto se manifiesta. Las cosas no duran eternamente. Después de surgir, desaparecen. Una vez han desaparecido, surgen y luego vuelven a desaparecer. Pero una persona confundida e ignorante no quiere aceptar esta verdad. Si meditarnos y alcanzamos una cierta tranquilidad, queremos conservarla a toda costa sin que nada nos perturbe. Pero esta actitud no es realista. El Buda que- ría ante todo que conociéramos la realidad del mundo y que supiéramos que los fenómenos son engañosos, al verla es cuan- do podemos gozar de un estado de calma. Cuando no sabemos cómo actúan las cosas, nos dejamos gobernar por ellas y aparece la trampa de la falsa idea del yo. Por eso hemos de volver al origen y descubrir cómo surgieron los fenómenos. Hemos de comprender cómo son en realidad las cosas, cómo entran en contacto con la mente y cómo la mente reacciona a ellas, de esta manera encontraremos la calma. Por eso hemos de investigar. Si cuando ocurre algo nos negamos a aceptarlo, no gozaremos nunca de paz. Por más que intentemos evitar la situación, la acabaremos experimentando, así es la naturaleza de las cosas.

Ésta es la verdad simple y llanamente. La naturaleza de los fenómenos es la impermanencia, el sufrimiento y la ayoidad.

Esto es todo lo que hay, pero nosotros damos a las cosas más importancia de la que tienen.

En realidad no es tan difícil hacer que la sabiduría surja. Sólo hemos de observar las causas y comprender la naturaleza de las cosas. Cuando tu mente esté agitada, has de comprender que «esta sensación no durará para siempre. Es pasajera!». Y cuando tu mente esté tranquila, no te pongas a pensar: «Ah! Qué tranquilidad!» porque esta sensación también es pasajera.

Cuando alguien te diga: «Cuál es la comida que más te gusta?», no te tomes la pregunta demasiado en serio. Si de veras te gusta mucho algo, no importa! Piensa que silo comieras cada día te acabaría hartando. Seguramente llegarías al extremo de decir: «no, no vuelvas a ofrecérmelo!».

¿Lo comprendes? Aquello que tanto te gusta puede acabar poniéndote enfermo. Esto ocurre porque todo está cambiando continuamente, es algo que debes tener en cuenta. El placer es efímero. La infelicidad es efímera. El gusto por las cosas es efímero. La tranquilidad es efímera. La agitación es efímera. Todo cuanto existe es efímero. Al comprender esta verdad, ninguna situación podrá ya agitarte, sea lo que sea lo que te ocurra. Todas las experiencias, sin excepción, son efímeras, porque son impermanentes por naturaleza. La impermanencia significa que las cosas no son fijas ni estables, el Buda es simple y llanamente esta realidad.

Anicca, la transitoriedad, es la verdad. La verdad está presente para que la veamos, pero lo que ocurre es que no la observamos a fondo, con claridad. El Buda dijo: «Aquellos que ven el Dharma me están viendo a mi». Si podemos ver el anicca, la cualidad de la transitoriedad, en todas las cosas, entonces surgirá en nosotros el desapego y el desapasionamiento: «Esto es menos importante de lo que creía». «Aquello es menos importante de lo que creía. En realidad, no hay para tanto.» La mente adquiere con firmeza esta certeza: «Es simplemente eso. Ajá!». Y después de comprenderlo, ya no necesitamos hacer cosas demasiado difíciles en nuestra contemplación, porque la mente lo afronta todo diciendo: «Sólo es eso» y punto. Esto zanja la cuestión. Hemos comprendido que todos los fenómenos

son ilusorios, ya que nada es estable ni permanente, todo está cambiando sin cesar y tiene las características de la impermanencia, el sufrimiento y la ayoidad. Es como una bola de hierro al rojo vivo que ha sido calentada en un horno. ¿Qué parte de ella estará fría? Intenta tocarla y lo descubrirás. Si tocas la parte de arriba, te quemará. Si tocas la parte de abajo, te quemara. Si tocas los lados, te quemarán. ¿Por qué quema? Porque es una bola que está toda ella al rojo vivo. Al comprenderlo, ya no desearás tocarla. Cuando sientas: «Esto es fabuloso! Megusta! Quiero tenerlo!», no te lo tomes demasiado en serio, no creas en esos pensamientos, porque no son más que una bola de hierro candente. Si tocas cualquier parte de ella, si intentas sostenerla, te quemarás, sentirás mucho dolor, tu piel se abrirá y sangrará.

Has de contemplar esta realidad a cada momento, mientras andas o estás de pie, sentado o tendido. Incluso cuando estés en el cuarto de baño, o vayas a algún lugar, o estés comiendo, o estés evacuando después de haber comido, has de ver que todas las experiencias son inestables e impermanentes, y que en el fondo también son insatisfactorias e insustanciales. Las cosas inestables e impermanentes son efímeras e irreales. No hay ninguna de ellas que sea real. Son como la bola de hierro al rojo vivo, por dondequiera que la toques, te quemará. Como toda ella quema, dejamos de intentar tocarla.

No es algo difícil de aprender. Por ejemplo, los padres advierten a sus hijos que no jueguen con fuego: «No te acerques al fogón! Es peligroso! Podrías quemarte!». El niño tal vez no crea en sus padres o no entienda lo que le están diciendo. Pero si toca el fogón sólo una vez y se quema, después sus padres ya no necesitarán explicarle nada ni intentar controlarlo. Por más que tu mente se sienta atraída o se encapriche por algo, has de seguir recordándote sin cesar: «Es pasajero! Es impermanente!». Tal vez adquieras algo, como un vaso de cristal, y te pongas a pensar en lo bello que es. «Que vaso más bonito. Lo guardaré en un lugar seguro y lo trataré con mucho cuidado para que no se rompa. » Pero entonces has de decirte: «Este vaso es pasajero». Podrías estar bebiendo algo con él y al dejarlo sobre la mesa, darle un codazo y romperlo sin querer.

Y si no se rompe hoy, acabará rompiéndose mañana. Y si no se rompe mañana, acabará rompiéndose pasado mañana. No deposites tu confianza en las cosas que pueden romperse.

Esta impermanencia es el verdadero Dharma. Las cosas no son estables ni reales. No hay nada en ellas que sea real, lo único real que existe es este hecho. Aunque intentes rebatir este punto, no podrás, porque es lo único seguro que hay: el haber nacido comporta que vas a envejecer, enfermar y morir un día. Es la única realidad permanente y segura que hay, y esta verdad permanente surge de la verdad de la impermanencia. Al observar las cosas a fondo sabiendo que «son impermanentes y pasajeras», ocurre una transformación en algo permanente e imperecedero, y entonces uno ya no lleva a cuestas la carga de las cosas.

Los discípulos del Buda despertaron a la verdad de la impermanencia. Al despertar a ella, experimentaron el desapego y el desapasionamiento, o nibbida. Este desapasionamiento no es aversión. Si lo fuera, no seria un verdadero desapasionamiento, ni se convertiría en un camino. Nibbida no es lo que normalmente consideramos como hastío. Por ejemplo, al vivir con nuestra familia, si no nos llevamos bien con ella, tal vez empecemos a pensar que nuestro desencanto es como el que se menciona en las enseñanzas budistas. Pero no es así, esta sensación no es más que nuestras impurezas aumentando y oprimiendo nuestro corazón. «Estoy harto, voy a dejarlo todo!» Este hastío está causado por las impurezas y lo que en realidad ocurre es que tus impurezas han aumentado más aún y confundes la aversión que te produce la situación con el desapaSionamjenro

Es como la idea que tenemos de metta, la bondad incondicional. Creemos que hemos de sentir una bondad incondicional por los seres sensibles. Así que nos decimos: «No debo enfadarme con ellos. He de sentir compasión. Los seres sensibles son realmente encantadores». Empiezas sintiendo afecto por ellos, pero acaba convirtiéndose en deseo y apego. Ten cuidado con esto! Metta no equivale a lo que normalmente llamamos amor. En el Dharma esto no es metta, sino metta mezclada con egoísmo. Deseamos algo de los demás y lo llamamos metta. Se parece a nuestro «desapasionamiento» «Oh!, si, estoy harto de todo, voy a dejarlo.». Esto no es más que las impurezas de uno. No es desapasionamiento o desapego, sólo lo estamos llamando así. Pero éste no es el camino del Buda. El verdadero desapasionamiento implica abandonar las cosas sin aversión ni agresividad, sin sentir ninguna animadversión hacia nadie. Y sin quejarse ni encontrar defectos, uno lo ve todo como vacío.

Significa llegar a un punto en que la mente está vacía. Vacía de apego hacia las cosas. Lo cual no significa que no haya nada en el mundo: ni personas ni objetos, sino que hay una mente vacía, hay personas, hay objetos. Pero la mente percibe los fenómenos con claridad, ve que todo es transitorio. Uno ve las cosas tal como son: siguiendo su curso natural como la naturaleza elemental que surge y desaparece.

Por ejemplo, tal vez tengas un jarrón y pienses que es un objeto bonito, pero el jarrón existe siendo indiferente a ello. No tiene nada que decir, eres tú el que sientes que te gusta o que lo odias. Pero al jarrón le da igual. si es tu problema. El jarrón es indiferente, pero tú tienes estas sensaciones de agrado o desagrado y entonces te apegas a ellas. Juzgamos distintas cosas como buenas o malas. Las cosas «buenas» agitan nuestro corazón. Y las «malas» también. Ambas son impurezas.

No necesitamos huir a ninguna parte, sólo hemos de observar e investigar este punto. Así funciona la mente. Cuando algo no nos gusta, a ese objeto no le afecta nuestro desagrado y sigue siendo tal como es. Y cuando algo nos gusta, tampoco le afecta el placer que nos produce y sigue siendo tal como es. Somos nosotros los insensatos, eso es todo.

Crees que algunas cosas son buenas y que otras son fabulosas, pero eres tú el que está proyectando todas estas ideas. Si eres consciente de ti, comprenderás que todas estas cosas son en esencia lo mismo.

La comida ilustra este punto con claridad. Nos parece que esta comida o aquella otra es buena. Cuando vemos los platos en la mesa, nos resultan muy apetitosos, pero una vez la comida se ha mezclado en nuestro estómago, ya es otra cosa muy distinta. Sin embargo, miramos los distintos platos de la mesa y decimos: «este es para mí. se es para ti. Aquél es para ella». Pero después de habérnoslos comido, cuando salen por el otro extremo del cuerpo, probablemente nadie se pelee por ellos ni diga: «este es el mío. Aquél es el tuyo». ¿No es así? ¿Acaso desearás aún poseerlo y saborearlo?

Este ejemplo ilustra de una forma breve y sencilla lo que quiero decir. Si ves las cosas con claridad y eres consciente de su naturaleza, todas tendrán para ti el mismo valor. Cuando deseamos algo y pensamos en términos de «mío» y «tuyo», acabamos generando conflictos, Pero cuando vemos que todas las cosas son en esencia lo mismo, entonces ya no creemos que pertenezcan a nadie, no son más que unas condiciones existiendo tal como son. Por más exquisita que sea la comida, una vez la evacuamos, nadie quiere ya recogerla ni saborearla. Nadie va a pelearse por ella.

Cuando comprendemos que todas las cosas son un único Dharma, que tienen la misma naturaleza, dejamos de apegar- nos a ellas, dejamos de agarrarlas. Las vemos como vacías y ya no nos infunden deseo ni odio, sino que nos sentimos en paz. En la tradición budista se dice: «El nirvana es la felicidad suprema, el nirvana es la vacuidad suprema».

Te ruego que escuches estas palabras atentamente. La felicidad de este mundo no es la felicidad suprema ni última. Lo que concebimos como vacuidad, no es la vacuidad suprema. Cuando la vacuidad es suprema, el apego y el aferramiento desaparecen. Cuando la felicidad es suprema, hay un estado de paz. Pero la paz que conocemos aún no es la paz suprema. Y la felicidad, tampoco. Es al alcanzar el nirvana cuando la vacuidad y la felicidad son supremas. Porque ha habido una transformación. El carácter de la felicidad se ha transformado en paz. Experimentamos felicidad, pero no le damos ningún significado especial. También experimentamos sufrimiento. Pero cuando surge vemos que es lo mismo que la felicidad. Ambas cosas tienen el mismo valor.

Las experiencias sensoriales que nos gustan o nos desagradan son lo mismo. Pero cuando entran en contacto con nuestra mente, no las vemos así. Si algo es agradable, nos sentimos muy contentos. Y si algo es desagradable, queremos destruirlo. Para nosotros no son lo mismo, pero en realidad tienen la misma naturaleza. Recuerda que son lo mismo porque tanto las experiencias sensoriales agradables como las desagradables son pasajeras e impermanentes.

Es como el ejemplo de la comida. Decimos: «Esta comida es buena, ese plato es delicioso, aquel otro es increíble». Pero después de habernos llenado la barriga, cuando evacuamos la comida, toda ella es lo mismo. Entonces no oirás a nadie quejarse diciendo «Como es que a mi me ha tocado una ración tan poqueña?». A estas alturas a nuestra mente ya no le importa. Si no experimentas la verdad de la impermanencia, la insatisfactoriedad y la ayoidad, no podrás poner fin al sufrimiento Si prestas atención, verás esta verdad a cada momento. Esta presente en la mente y en el cuerpo, y podemos verla. Aquí es donde encontrarás la paz.

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